Viviendo con los Hmong de Sapa, Vietnam

Si estás pensando en visitar Sapa, Vietnam,

aquí puedes leer nuestra guía.


Llegar a Sapa nos erizó la piel. Después de meses moviéndonos por las suaves temperaturas y la agradable brisa marina del clima tropical el frío nos caló los huesos. Echamos un rápido vistazo panorámico a las altas montañas y fuimos a buscar una habitación acogedora y agua caliente. Nos resignamos a la manta eléctrica después de varias respuestas negativas y con conocimiento de los precios de los hoteles con calefacción. Cuando habíamos probado la ducha y puesto a prueba los límites de la manta salimos a comprar algo de ropa, guantes y gorro. Fue entonces cuando, habiendo recuperado el estado humano de la piel, nos fijamos en el paisaje que nos rodeaba y que exploraríamos al día siguiente. La niebla espesa dejaba entrever algunos de los picos más altos, añadiendo misterio, emoción y un sentido extra a las compras que acabábamos de hacer.

Sapa Vietnam

Pueblo de Sapa.

Montañas de Sapa, Vietnam

Vista de las montañas desde el pueblo.

No habíamos querido aceptar ninguno de los tours guiados que nos ofrecieron sin descanso desde Hanoi hasta la salida de la furgoneta al llegar a Sapa, donde nos abordaron unas diez mujeres con sus trajes típicos Hmong hablando al mismo tiempo y luchando por conseguir como clientes a los únicos dos forasteros que nos bajábamos del coche. Por casualidad conocí a Mao, una chica de esta etnia, cuando bajé a dar una vuelta por la plaza y me ofreció su casa para quedarnos en lugar de buscar una cuando llegásemos. Yo tenía activada la alarma “anti vendedores sin escrúpulos”, pero hablando con ella me convencí también de que nos acompañara para la ida y hacer la vuelta por nuestra cuenta, como para mostrarnos el camino. Además de las carcajadas contagiosas que se le escapaban hablando y que la hicieron tan simpática, pensamos que estaría bien colaborar con la economía de los locales. Esperó abajo mientras lo consultaba y finalmente quedamos con ella a las 8am del día siguiente en la puerta de nuestro hostel.

 

Mao y Cun Cun

A la mañana siguiente preparamos una pequeña mochila con lo necesario y dejamos el resto del equipaje en la recepción. Mao estaba esperándonos con Cun Cun a la espalda, su hijo de un año y medio. Las mujeres Hmong, y a veces también los hombres, suelen cargar a sus hijos atados con mantas y unas tiras de tela para poder moverse por los caminos y hacer sus tareas diarias. Mao tiene 18 años. Hace dos recibió una llamada telefónica de un chico Hmong de otro pueblo cercano que le pedía una cita (nunca entendimos cómo consiguió saber de su existencia ni de su número de teléfono), ella aceptó y cuando se encontraron le pidió matrimonio. También aceptó. Aunque tienen el sueño de construir su propia casa, de momento viven principalmente en casa de Cho Cho, la madre de Mao, y a veces van a casa de los padres de él. La misma situación tiene su hermana Si Si que vive también allí con sus dos hijos de uno y dos años y medio y su marido.

Hmong Sapa Vietnam

Mao y Cun Cun.

Los Hmong son una etnia proveniente de las montañas del país vecino Laos con una triste y reciente historia detrás. Durante la guerra de Vietnam, el ejército estadounidense los reclutó y fueron obligados a combatir clandestinamente contra Vietnam del Norte. Cuando el ejército americano abandonó Saigón y la guerra se dio por terminada, la minoría Hmong sufrió persecuciones por parte de su propio país y los vietnamitas por la traición de haber colaborado con el enemigo. Estados Unidos no se hizo cargo de esta parte de su ejército, puesto que estas operaciones tuvieron un carácter extraoficial, de manera que tuvieron que exiliarse o huir y esconderse entre las montañas y las junglas. Muchos miembros de esta minoría étnica no sobrevivieron al intento de exterminio, otros consiguieron seguir adelante y hoy en día siguen repartidos por la geografía mundial.

 

Trekking a las montañas de Sapa

Caminamos con Mao y Cun Cun unas siete horas por caminos, veredas y por los finos bordes de los arrozales. El bebé no se quejó en todo el camino salvo cuando nos cruzábamos con algún búfalo pastando, cerdos vietnamitas o patos nadando en las terrazas de arroz porque quería pararse y quedarse con los animales. Hicimos unas cuantas paradas, no más de las necesarias en un camino tan largo porque avanzamos a buen ritmo y sin prisas. Una para comer, un par de ellas cortas para descansar, otra en un puesto para reponer fuerzas chupando caña de azúcar y otras cuantas para que Cun Cun mamase del pecho de su madre. El silencio reinó gran parte de ese tiempo y nos limitamos a mirar desde el valle hacia el final de las montañas, de las perfectas formas de los arrozales en forma de terrazas hasta las rocas macizas que coronan la imagen. En algún momento intentamos definir todos los tonos de verde que podíamos distinguir. Mao es la segunda persona más risueña de la familia y no paraba de animarnos a disfrutar de las vistas, hacer fotos y comer más caña de azúcar.

Sapa Vietnam

Vistas desde el sendero.

Cuando nos íbamos acercando a los primeros poblados el camino ya hacía rato que había empezado a ser más amable con bajada hacia el valle. En ese momento empezamos a cruzarnos con las niñas y niños que suponemos viven cerca. Como siempre que vemos niños vendiendo, intentamos ser amables con ellos y no hablar de comprar ni vender, Flo siempre juega y les hace reír, aunque con estos fue difícil. Parece que les han grabado a fuego las frases que tienen que decir, el tono y la cara que deben poner para dar pena a los turistas, así que cuando no pueden evitar sonreír con las payasadas que les hace se llevan la mano a la boca y se esconden manteniendo sus ojos tímidos clavados en él y seguros de que estos no desprenden la alegría que tapan con la mano. En cuanto se les pasa recuperan su mueca infeliz y siguen insistiendo en que compremos una pulsera étnica y persiguiéndonos. Les invitamos a caña de azúcar y fuimos avanzando sin más remedio que dejar atrás la triste situación. Nos dimos cuenta de que el drama es entendido de manera diferente para los locales cuando Mao nos contó en un tono divertido que ella de pequeña hacía lo mismo. En los últimos años los Hmong que viven en Sapa han pasado de autoabastecerse en las montañas a habitar una de las zonas de más interés turístico del país, hecho del cual están intentando exprimir hasta la última gota, o mejor dicho, moneda.

 

Hmong Sapa Vietnam

Niñas y niños del camino.

 

Ta Van y la casa

Llegamos a Ta Van, donde nos íbamos a instalar un par de días, y yo solo estaba deseando que nos parásemos delante de la puerta de la siguiente casa. Cruzamos todo el pueblo y no pasó, volvimos a salir por un camino de piedras, subimos una pendiente eterna, pasamos por otro conjunto de casas, doblamos la esquina de una de ellas para salir al verde de nuevo y unos minutos después Mao nos señaló la solitaria casa de la montaña a la que accedimos sorteando el barro al borde de las terrazas de arroz. Solo quedaban unos quince metros de hacer equilibrios cuando todo se complicó con Du Du entre nuestras piernas. Es el perro de la casa, anciano y amigo de los patos, ocas, cerdos, gatos, búfalos y humanos desconocidos como nosotros, que nos dio una bienvenida eufórica.

Sapa Vietnam

La casa está justo al lado de esta construcción.

La casa de Cho Cho es, como la mayoría de las que hay en la zona, muy básica. El incremento del turismo y la necesidad de complacer a los huéspedes la llevaron a construir unos baños y una ducha con agua caliente en el exterior, pero el resto de la vivienda conserva el estilo y las facilidades de una casa tradicional Hmong en Sapa. Antes de enseñárnosla, Mao nos presentó a su hermana Si Si y a sus dos bebés: Wu y Ano. Los pequeños estaban semidesnudos jugando con agua en la terraza y daba frío solo de mirarlos. Una vez mientras sostenía a Wu sentado sobre mis piernas tosió y sentí cómo se le revolvía todo el pequeño cuerpo por dentro.

No tienen ni un solo juguete, así que se les permite jugar con cualquier cosa que encuentren. En alguna ocasión vimos a niños de menos de tres años jugando a pelar troncos de bambú con un machete de unos treinta centímetros, de esos de carnicero. Suponemos que todo esto es lo que les convierte en niños diferentes a los que nosotros estamos acostumbrados a ver, en pequeñas personas con una gran independencia y un gesto serio. Cuando Si Si estaba cocinando con su cuerpo doblado hacia la hoguera, Wu permanecía inmóvil atado a la espalda de su madre frotándose los ojos con fuerza por el picor que le provocaba el humo directo que emanaba del fuego a un metro de distancia, pero sin abrir la boca.

Hmong Sapa Vietnam

El pequeño Wu.

Nuestro dormitorio estaba en la primera planta y es la parte más acogedora de la casa. No es una habitación, más bien es un suelo de madera improvisado aprovechando el techo abuhardillado. Dos colchones duros y una mosquitera rota es todo lo que había, pero dormimos bien y nos sentimos afortunados por tener el mejor rincón. La única molestia era despertarse a las seis de la mañana cuando volvían a encender el fuego de la cocina y el denso humo nos subía por la nariz y convertía en pesadillas los mejores sueños. Los Hmong necesitan el fuego encendido casi siempre que se encuentran en casa, el frío de pasar horas con los pies y las manos en los arrozales o de lavar la vajilla y la ropa en el suelo de la calle con agua helada no lo quita una manta. Lo que nunca entendimos es el por qué no instalan cualquier tipo de sistema que conduzca el humo al exterior, cosa que nos preguntábamos una y otra vez al ver la nube blanca entrar por el ventanuco bien temprano. No es que sean inmunes al humo, porque se frotan los ojos y hacen muecas cuando les viene directamente a la cara, pero no les importa más allá de eso.

Hmong Sapa Vietnam

La cocina y la gatita de la casa.

 

La comida

Como venimos viendo en todo Vietnam, las sillas parecen estar hechas para niños y la mesa no levanta medio metro del suelo. La familia de Mao se preocupó mucho porque comiéramos bien, preparándonos deliciosos platos variados para mezclar con arroz. Hicimos lo mejor que pudimos para integrarnos en sus costumbres y manera de hacer las cosas sin éxito en el terreno de los ruidos, la rapidez y la forma de comer.

El segundo día, oliendo a lumbre, nos sorprendió encontrar a Cho Cho preparando unos pancakes de banana. Los Hmong, igual que gran parte de los asiáticos, desayunan sopa, arroz, verduras salteadas, carne o pescado, y saben lo difícil que es en este sentido pedirles a nuestros estómagos vacíos que se adapten a las culturas con las que estamos viviendo. Lo hemos hecho a veces, pero desde luego que no nos molestó el detalle de los pancakes.

Comida Hmong Sapa Vietnam

¡La cena!

 

La experiencia

Decidimos pasar el día fuera de la casa explorando por nuestra cuenta el valle por el que se extienden muchos de los pueblos de la zona y tuvimos tiempo de compartir abiertamente lo que ya intuíamos el uno del otro: no estábamos del todo cómodos. La familia era muy atenta y simpática, la comida buena, la especie de colchón en el suelo a modo de cama nos daba buenos descansos y excepto las ventoleras de humo concentrado por las mañanas todo parecía agradable. El problema vino de un choque fuerte entre nuestras expectativas y la realidad, un jarro de agua fría cuando hace calor, que no es que esté mal, pero no te lo esperas y necesitas un poco de tiempo para reaccionar. A pesar de que sabíamos que estábamos dentro de un circuito turístico bien montado, el llegar hasta aquella remota y aislada casa de madera y el haber congeniado bien con Mao nos había llenado la cabeza de experiencia local. Para nosotros, estar en una casa, sobre todo como invitados pero también cuando pagamos, no es solo usar la habitación para dormir, dejar nuestras cosas y levantarse por la mañana con el desayuno servido. Esto es lo que encontramos en la mayoría de hostales y hoteles a los que vamos, pero cuando vamos a la vivienda de una persona o familia, esperamos un intercambio mutuo, aprender de las costumbres y entender un poco mejor la cultura y de la misma manera aportar, compartiendo un tiempo de charlas, tareas, comidas y lo que sea que pase. Hablar con Mao o su madre era fácil, porque son las personas que dan la cara por el negocio, de manera que siempre están disponibles para lo que las busques, pero no notamos ningún tipo de interés en esta interacción de la que hablamos. A veces nos cansó escuchar hablar sobre “el negocio”. El resto de la familia se limitaba a contestar con rapidez cualquier pregunta y mirar para otro lado o seguir haciendo sin más explicación. Todos menos Kan, un chico de 12 años que se tomó nuestra visita como una oportunidad para aprender y enseñarnos.

Después de ponerlo todo en la balanza, los días en Sapa con los Hmong fueron positivos, los paisajes merecieron la pena, la comida exquisita, el trato amable y pudimos ver cómo viven, pero solo como el que mira sin cruzar la línea, como espectadores, sin participar en la historia.

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2 comentarios en el artículo "Viviendo con los Hmong de Sapa, Vietnam"

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