Un día cualquiera en Port Barton

Buenos días desde nuestro pueblo en Filipinas. Hoy, como casi cada día por la mañana, hay nubes. Algunas veces están esparcidas como si fuesen una neblina por todo el cielo y otras lo dividen dejando la mitad al descubierto. Hoy son una franja casi perfecta entre las montañas y el azul.

Una ducha de agua fría y un café soluble preparan al cuerpo para el verdadero desayuno, el desayuno filipino. Los gallos empezaron a cantar sobre las tres o las cuatro de la mañana, no me acuerdo bien porque la gente de Port Barton, incluso los que no tenemos más que una red en la ventana, ya estamos acostumbrados y en el pasado quedaron las noches de insomnio con la orquesta malsonante de fondo. Los niños ya se levantaron hace rato y salen a la calle con el ansia infantil de encontrarse por primera vez en el día con los demás niños y niñas. Vivimos en una casa con dos gemelos de cuatro años, B1 y B2, y ya están correteando y subiéndose a nuestros hombros con una energía agotadora.

Niños Port Barton.

Repasando antes de ir al colegio.

Todos los días empiezan igual en Port Barton, con un montón de sonrisas. De los niños, de la gente que pasa en moto, de los vecinos, de Sharon, la dependienta de la tienda, de la mujer que lava la ropa antes de llegar al río y de todas las personas del pueblo, que siempre se levantan de buen humor. Hace un par de días llovió y todavía tenemos que mirar al suelo mientras caminamos. Las calles no están asfaltadas y el polvo que se mezcla con el agua forma un barrizal por el que necesariamente hay que pasar para ir a cualquier sitio. Además la colección de hoyos está completa y hay de todas las formas y tamaños. A nadie le incomodan, ni a los de las motos ni a los que llevan zapatos ni a los descalzos. Yo me contagié del espíritu positivo, pero sigo quejándome cuando volvemos a casa después del corte de electricidad y tenemos que concentrarnos en el suelo o directamente meto la pata hasta la rodilla en un charco.

Port Barton Filipinas

Bruce Lee (sí, se llama así) viene cada mañana al café a saludar.

En el Port Barton Café ya nos esperan para que levantemos las tapas de las ollas y olfateemos el menú del día. Ya nos conocen y señalan las que contienen comida vegetariana, pero las olemos todas repitiendo el ritual que hacen los lugareños. “Uno de calabaza con leche de coco y otro de lentejas, por favor”, y dos minutos después los tenemos en la mesa con el arroz, el té de calamansi y la pequeña banana cortada en dos en un platito de los de taza de café. No sé qué voy a hacer cuando salga de este país y me tenga que enfrentar a una vida sin calamansi, ese pequeño y redondo limón que da sabor a mis cuatro o cinco tés diarios. Supongo que simplemente echarlo de menos y ponerle a una futura mascota su nombre, porque nos gusta cómo suena. Después del desayuno, como vicio, empezamos la ya cansina pelea con la conexión a internet. Hay días que queremos de verdad enviar o recibir un mensaje, pero muchas veces ni siquiera sabemos para qué queremos que funcione, quizás aún nos cuesta creer que existen lugares, pueblos enteros, a los que no llega internet. Aquí usamos esos aparatos tan antiguos que no llegan a la velocidad mínima para que se abra una aplicación, y es lo único que hay.

Desayuno Filipino

El desayuno.

Ayer caminamos una hora para estar solos en la paradisíaca White Beach. A la vuelta, cinco minutos después de empezar a caminar se nos unió una perrita a la que llamamos Coco, porque salió directamente de la Coconut Beach. Vino para ser nuestra guía y guardaespaldas. Se adelantaba siempre unos veinte metros, a veces cincuenta, para comprobar el camino y espantar los pájaros o a saber qué animales que se movían entre la vegetación, miraba hacia atrás para comprobar que seguíamos ahí y tiraba hacia adelante como indicándonos que el camino estaba libre de peligros y podíamos seguir. Nos parábamos a descansar y beber agua y ella con nosotros se sentaba y ponía la boca para recibir un chorro. Cuando llegamos al pueblo se despidió de nosotros y se fue por el mismo camino que habíamos llegado. Nos quedamos con cara de tontos mirándola y pensando en lo curioso del instinto animal. El día de antes habíamos disfrutado de un completo tour por las islas cercanas a Port Barton lleno de arena blanca, aguas turquesas, corales y peces de colores, senderos, cascadas y buena comida y compañía. Por eso hoy no vamos a hacer nada fuera del pueblo.

Coconut Beach

Aquí vive Coco.

port barton

Coco comprobando que estamos fuera de peligro.

Después del desayuno nos pasamos por la tienda de Sharon para comprar unos polvorones. Esta mujer siempre tiene una sonrisa estampada en la cara y muchas ganas de hablar. Algunas veces se ríe porque no puede creerse que comamos (y con esto quiero decir que yo coma) tantos polvorones y nos llama adictos. Ella vive en la tienda, o mejor dicho, la tienda es su casa. Hace su vida cotidiana y mientras la tiene abierta. Le tomamos cariño y ella a nosotros, tanto que quiere que el año que viene nos quedemos en su casa, pero eso lo tendrá que discutir con nuestros gemelos.

Port Barton tiene el equilibro perfecto entre la tranquilidad y el movimiento; nunca hay demasiada gente pero nunca está vacío. Es una pena lo que parece que va a pasar. Todos en el pueblo comentan cómo han ascendido los extranjeros que compran terrenos para construir locales de restauración orientados a turistas para preparar la oferta para cuando la carretera esté acabada. Ya llegan muchos turistas, pero aún hay que tener las ganas de pasar unas horas dando saltos en un bus local o una minivan con un conductor temerario al volante sobre un camino de tierra, lo que hace una criba importante de los turistas que llegan al pueblo. Y decimos que es una pena porque, a pesar de ser una fuente de trabajo, la futura llegada del turismo masivo ya está transformando la vida local con restaurantes a precios desorbitados (aunque totalmente aceptables para turistas) y pronto empezará a cambiar el aspecto del pueblo si empiezan a construir.

Port Barton

La playa del pueblo.

De momento nos sentimos muy bien aquí. Vamos a pasar la tarde tumbados en la playa principal, la que está en el mismo pueblo. Aunque el agua no es tan transparente por las olas, los colores son como pintados y los barcos atados a las palmeras se balancean transmitiendo una armonía que invade el ambiente.

Ya son las 18h y eso significa que vuelve la electricidad y que podemos tomar un buen zumo de fruta fresca recién hecho. El tema de la electricidad tiene su gracia. Si no estás en casa o no te acuerdas de cargar la cámara, el móvil o el ordenador desde entonces hasta las 12 de la noche, ya tienes que esperar al día siguiente a la misma hora. Por otra parte, los menús en los restaurantes y cafeterías tienen siempre la aclaración de que la disponibilidad de los productos está sujeta a este hecho.

Después de ducharnos y pasar un rato con nuestra familia de aquí y con los niños vecinos que vienen a vernos cada día, salimos hacia las oscuras calles y esquivando los hoyos encharcados llegamos al centro, donde se está celebrando la semana de fiestas del pueblo. Antes hemos pasado a recoger a Marco, con quien vamos a cenar en el restaurante de pasta italiana. Hoy es uno de esos días en los que el cuerpo pide salirse de la rica pero poco variada comida vegetariana filipina.

Port Barton

Nuestros vecinos de Port Barton.

La botella de vino está vacía pero seguimos hablando hasta las tantas. Llegamos al partido de baloncesto en la segunda parte. Es el deporte nacional y son buenos. Aunque no somos grandes aficionados, se nota a simple vista que están bien entrenados y dominan la técnica.

Nos hemos viciado a las apuestas, eso también, por eso después del partido nos vamos directamente a la zona de juegos. Todos son muy simples. Nuestro favorito consiste en una mesa pintada con seis cuadros, uno de cada color. Uno pone el dinero que quiere apostar en uno o varios de ellos. Cuando todos han hecho sus apuestas, tirando de una cuerda caen los tres cubos apoyados en un marco de madera y si ha salido tu color, recibes el doble de lo que has apostado. A los niños les brillan los ojos esperando a que los dados paren para comprobar su suerte gritando los colores en los que han dejado su billete: “¡el rojo!”, “¡el azul!” en español, los mayores aprovechan felices la diversión que les ofrece la feria de año en año. Todos nos divertimos con la diferencia de que Marco y Florian suelen ganar algo y yo termino siempre perdiendo, pero esta noche la suerte está de mi parte y ¡he conseguido cien pesos!

Es casi la una de la madrugada. Los puestos de comida y el mercado siguen abiertos, las luces y la música no cesan en la cancha de baloncesto y los bares están llenos. El camino a casa es lento, como siempre, porque no paramos de hablar y pararnos y encontrarnos con conocidos. Extendida la mosquitera, nos vamos a dormir.

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