Singapur a pie en dos días

El sentimiento que teníamos en el bus llegando a Singapur era contradictorio. Teníamos ganas de descubrir esa especie de oasis en el Sudeste Asiático del que habíamos escuchado hablar bien y mal, ese lugar que nos pintaban prohibitivo para presupuestos mochileros, que decían muy estricto y tan avanzado tecnológicamente hablando. También teníamos mucho frío porque los buses en estas zonas tropicales son el auténtico invierno. Angie y Chris nos estaban haciendo buena publicidad de su país, y no solo por lo que nos decían, si no por lo agradables que fueron ellos mismos.

Ya desde el bus podíamos sacar algunas conclusiones de lo que es la ciudad, pero nada comparado con lo que descubriríamos más tarde sobre nuestros propios pies que, todo hay que decirlo, han acabado doliendo.

Quizás porque no es el primer ni el segundo Little India que vemos en el último mes, el de Singapur no nos pareció de lo más especial. Como no podía ser de otra manera, es el más limpio y ordenado en el que hemos estado por lo que el único olor que pasea por sus calles es el de la deliciosa comida que se prepara en las cocinas de los innumerables restaurantes del barrio. No fue mala idea quedarnos a dormir allí.

 

Primer día en Singapur

A la mañana siguiente nos pusimos en marcha temprano para ir al centro de visitantes a conseguir un mapa y algo de información con la idea de organizar los únicos dos días enteros que pensábamos quedarnos. La lluvia comenzó a ser abundante y llegamos chorreando después de unas cuantas largas paradas bajo los techos que encontramos. Atravesamos lo que pensábamos que era un inmenso parque (que realmente lo era, pero después de ver más zonas verdes en la ciudad ya no parecía tan grande), rodeamos la residencia del presidente, nos equivocamos de camino y nos mojamos más, cruzamos un centro comercial y en medio de la lujosa Orchard Road encontramos nuestro destino.

Ya en este recorrido Singapur nos mostró de qué está hecha. La limpieza de las calles es brillante, no hay ni una baldosa mal puesta y los parques parecen recién arreglados siempre. Los peatones no tenemos que arriesgarnos a cruzar una calle sin la debida señalización porque no la hay (y porque suele estar prohibido). En las avenidas principales siempre encuentras un túnel subterráneo, un puente o al menos un semáforo estrictamente respetado. El tráfico fluye perfectamente y la contaminación del aire no se detecta al respirar. Fumar al aire libre está restringido a algunas zonas. La intensa lluvia no crea inundaciones ni charcos en las calles, no hay cables sueltos por más que busques y las obras están bien delimitadas.

¿Pero dónde estamos? ¿Seguimos en el Sudeste Asiático?

Podríamos abrir un largo debate sobre las políticas del gobierno de Singapur y sobre las medidas que han convertido la ciudad en un territorio impoluto (hay quien considera que hay demasiada vigilancia y la libertad está restringida), pero lo que en realidad nos gustaría es compartir las sensaciones percibidas y los juicios sacados de nuestras largas caminatas por sus calles.

Antes de saber que nos íbamos a quedar con la boca abierta en muchas ocasiones, que íbamos a sentir algunas veces que estábamos en una ciudad impecable y que nos quedaríamos con ganas de volver, escuchamos al agente del centro de visitantes mientras nos aprovechábamos del aire acondicionado de su oficina: “Tenéis que visitar este parque, esta zona, coger estos y estos otros transportes, esto vale tanto pero esto es gratis, horarios…” Con un poco de saturación por tantas cosas y el poco tiempo que teníamos y por miedo a dejarnos un riñón si queríamos ver cosas interesantes, doblamos el mapa lleno de marcas y salimos a la amplia avenida.

Antes de bajar hacia el mar nos pasamos por The Buddhist Lodge, un templo que nos gustó mucho porque, aunque no es el más impresionante ni bonito que hemos visto, es un edificio muy funcional con biblioteca, sala de actos, sala de oración, escuela, cocina y comedor. Lo mejor fue conocer a Ong, un singapurense muy simpático y conocedor de la historia de su país y de los nuestros. Además nos invitaron a comer allí los menús gratuitos que preparan cada día. Se puede colaborar con una donación o comprando productos en la tienda de la entrada, las galletas de nueces están riquísimas! No penséis que es un lugar para gente que no puede comprar comida, si no que allí se sienta gente de todo tipo y están encantados de recibirte.

Marina Bay Sands y Museo de las Artes y las Ciencias.

Marina Bay Sands y Museo de las Artes y las Ciencias.

Lo primero que queríamos ver, y no creo que seamos muy especiales en esto, era la zona financiera. Este post se llama Singapur a pie, por lo que es obvio que bajamos caminando, pero en este punto insistimos en recomendar hacerlo de esta manera por la orilla del río. El espacio abierto que deja el agua nos dejó unas bonitas vistas del otro lado caminando por esa mezcla de jardín y modernidad que caracteriza a la ciudad. Sin el rumbo claro nos vimos de pronto paseando por Clarke Street, una moderna calle de restaurantes, karaokes y discotecas que volvimos a visitar al día siguiente por la noche convertida un el centro de fiesta. Allí conocimos a Casey y sus amigos, un grupo de empresarios locales, malayos y japoneses con muchas ganas de conversar y pasarlo bien después de su larga jornada de trabajo entre los rascacielos de Marina Bay.

Seguimos bajando y cruzamos uno de los puentes-centro comercial para entrar en la famosa zona de negocios. Antes de llegar ya tuvimos una de las imágenes más esperadas con el hotel Marina Bay Sands y el Museo de las Artes y las Ciencias (la flor de loto) alzándose justo delante de nosotros. Lejos de lo que podíamos imaginar, la gente se movía sin demasiada prisa. Incluso pudimos charlar con Alun, un trabajador del Bank of America que se tomó su tiempo para explicarnos cómo funcionan los negocios en Singapur. Cuando empezamos a notar molestias en el cuello como consecuencia de mirar hacia arriba decidimos salir a cielo abierto y buscar una vista frontal.

Zona financiera.

Zona financiera.

No hemos visitado Nueva York ni Tokio, ni Hong Kong (pronto!) ni Dubai ni Shanghai, pero hasta ahora no hemos visto ningún skyline más impresionante que este. El diseño es el punto fuerte de la arquitectura singapurense: puentes futuristas, edificios con forma de flores o frutas, juegos de perspectiva, auténticas mini selvas en balcones y tejados, coloridos jardines verticales, geometría, centros comerciales con acceso por mar… Y de noche la iluminación lo cambia todo, sin dejar de ser un espectáculo.

Nos sentamos media hora para simplemente mirar en los bancos del jardín de flores de loto que hay junto al Museo de las Artes y las Ciencias. Desde allí no podíamos parar de mirar “los durians” que, aparte de ser unas frutas malolientes típicas de la zona y prohibidas en hoteles y otros lugares públicos, son los dos edificios del centro comercial The Esplanade. Entre tanto rascacielos pasan un poco desapercibidos porque no son muy altos, pero además de ser especiales por su diseño la terraza es de acceso público y gratuito y tiene vistas a toda la zona de Marina Bay. No se nos ocurrió ningún motivo para no descansar otra vez. Paseamos por los alrededores y descubrimos Theatre by the Bay, un escenario sobre el agua cuya programación anunciaba conciertos gratis casi todos los días.

Gardens by the Bay

Creo que en ese momento ya nos creíamos que ya habíamos visto mucho. Estábamos emocionados con la atractiva estética de la ciudad y comentábamos como expertos lo que teníamos delante. Entonces cruzamos el puente The Helix y nos fuimos a visitar Gardens by the Bay, el sumun del matrimonio entre la naturaleza y la tecnología, donde Singapur exhibe lo que quiere ser, la guinda del pastel. El sol se acercaba al horizonte cuando llegamos y ni de lejos visitamos el parque completo. Además de que requiere tiempo por su tamaño, no es uno de esos típicos parques que los cruzas y sientes que los conoces, si no que en cada rincón hay algo para ver y el recorrido sin querer termina teniendo forma de laberinto. Paisajes en miniatura, acuarios, fuentes, esculturas… Detalles que pasan desapercibidos para los que no se pierden por los caminitos. Lo que es imposible no ver son los principales atractivos de los jardines. Al entrar por un lateral lo primero que nos encontramos fueron los dos enormes invernaderos que recrean los ecosistemas mundo y la rareza de ver un olivo en un país tropical. No accedimos al interior pero a través de los cristales transparentes se ve incluso una alta cascada. La segunda construcción con aires de grandeza y futurismo ecológico son los árboles inteligentes. Las estructuras miden entre 25 y 50 metros recubiertos (aún solo hasta la mitad) de más de 200 especies de plantas. Con la instalación de células fotovoltaicas en algunos de ellos, no solo imitan la forma los árboles sino también su comportamiento: recogen energía solar y del agua de lluvia por el día y dan espectáculo por la noche, una fotosíntesis artificial! A las 19:45h estábamos sentados en el centro del “bosque” para asistir al primero de los dos espectáculos gratuitos de luces y sonidos que cada día reúnen a turistas y locales. Aunque ya ha pasado incluso el fin de año, la temática de Navidad sigue vigente. Los colores y los bailes de luces sobre las plantas entre cada armazón de metal, junto con la música y el Marina Bay Sands como telón de fondo, consiguieron emocionarnos. En definitiva, los jardines de la bahía están diseñados para el ocio de todos en una perfecta combinación de arte, ciencia, tecnología y sostenibilidad.

Invernaderos (derecha), árboles inteligentes (centros) y noria.

Invernaderos (derecha), árboles inteligentes (centro) y noria.

 

Camino al Makansutra´s Gluttons Bay, hawker center donde nos esperaba una deliciosa cena, pasamos de nuevo por The Helix. Cómo puede estar todo tan armónicamente iluminado! Queríamos volver a hipnotizarnos, así que nos dirigimos a la plaza Merlion para esperar el espectáculo de luces y sonidos de las 21:30h que proyectan en el agua desde el hotel Marina Bay Sands. La plaza es famosa por la gran estatua fuente que la preside. Se trata del extraño símbolo de la ciudad: el león sirena. Sentados junto al mar disfrutamos de aquella colorida proyección, aunque el sonido del agua que escupe al mar el león sirena nos dejó sin buen audio.

The Helix.

The Helix.

Luces desde el Marina Bay Sands.

Luces desde el Marina Bay Sands.

La valiente idea mía de caminar de vuelta a Little India no triunfó más de 300 metros y volvimos al hostel en transporte público. Gracias al cansancio pudimos dormir en aquella habitación congelada.

 

Segundo día en Singapur

Unas insípidas tostadas con jugosas bananas y un poco de tos seca fue el comienzo de la segunda mañana en Singapur. Dejamos de lado la zona más costera y tal y como nos había recomendado Vero salimos a caminar para adentrarnos en los barrios más pintorescos de la ciudad. Y ella tenía razón, desde Little Arabia a Little India, pasando por Chinatown, la cultura, la arquitectura y el ambiente cambia completamente.

Empezamos por el barrio árabe. Los musulmanes, aún siendo una minoría religiosa en Singapur, tienen su lugar entre altos edificios. Al llegar no se puede mirar a otro sitio que no sea la cúpula dorada de la Mezquita del Sultán (Masjid Sultan). Tuvimos que esperar paseando hasta la hora de puertas abiertas para visitarla. Allí conocimos a Marlen, una holandesa convertida al Islam que nos contó su historia y nos enseñó los detalles de la mezquita. Da gusto conocer a gente tan amable e interesada en contar lo que sabe y escuchar a los demás. Las calles tienen una cuidada estética mezclando lo asiático con lo árabe y el arte en sus bajos edificios, muchos de ellos pintados de colores. Aunque no teníamos hambre, fue una verdadera tentación escuchar las ofertas y hojear las cartas de los restaurantes de comida árabe.

Masjid Sultan.

Masjid Sultan.

Calles de Little Arabia.

Calles de Little Arabia.

De camino a Chinatown hablábamos de cuánto nos había gustado el barrio árabe. Como todos los barrios chinos que hemos visto hasta ahora, este está sembrado de negocios recargados de luces y colores que venden absolutamente de todo. El mismo jaleo de siempre pero con el orden y la limpieza característicos del pequeño país asiático. Por la noche volvimos para cenar en el mercado de comida chino y todo seguía bullendo, quizás más aún.

Chinatown de noche.

Chinatown de noche.

Al principio no nos habíamos parado a apreciar el barrio de Little India porque, aunque nos han encantado en cada ciudad, después de los de Malasia ya nos eran demasiado familiares. Habiendo paseado por los barrios anteriores, el indio tiene un sentido mucho más especial porque enriquece la variedad cultural de los vecindarios de esta ciudad-estado.

Sentosa Island

Por la tarde, cruzamos a pie el puente que une la isla de Singapur con la isla Sentosa. Es una isla creada para el turismo y el ocio en la que se puede gastar mucho dinero en muy poco tiempo. Como no era esa nuestra intención, nos dedicamos a pasear y observar las atracciones. Museo de cera, Universal Studios, casino, deportes, atracciones para pequeños y adultos, tiendas, playas, campos de golf… Es un destino turístico por sí mismo. Nos gustó simplemente caminar y ver lo bien hecho que está todo, el buen gusto y el impecable cuidado de cada rincón.

En Sentosa Island.

En Sentosa Island.

Atardecer desde Sentosa.

Atardecer desde Sentosa.

Más tarde volvimos a la isla principal y vagamos de vuelta al hostel hasta las 12 de la noche. Mucho antes de esa hora los pies nos mandaban señales de desesperación, pero encontrábamos calles y edificios que nos mantenían en pie. Solo queríamos aprovechar los últimos minutos en las calles de Singapur.

singapur

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