Dejamos el norte

Hemos estado bromeando con unos franceses sobre el fin del mundo, que podría estar empezando aquí y ahora. Lleva más de 24 horas lloviendo y hace un viento que impide salir de esta sala y caminar con normalidad, lo cual ha llegado a ser divertido y doloroso después, cuando ha empezado a llover más intensamente y las gotas hacían daño en la cara.

Aquí las previsiones del tiempo son bastante exactas y estamos esperando a que dentro de una hora pare repentinamente este temporal. Nos movemos hacia el oeste de la
isla y nos vamos acercando a Reykjavik. Hemos visitado el norte más rápido y menos a fondo de lo que nos hubiera gustado, pero es septiembre y es Islandia, dos palabras que juntas significan tiempo inestable. Desde que llegamos, cada islandés que se nos cruza en el camino nos recuerda este hecho y también lo afortunados que somos por haber venido en este septiembre tan suave y agradable.

Antes de llegar a esta parte tuvimos unos días espléndidos en el este, pudimos hacer senderos de varias horas perdidos por las coloridas montañas de los fiordos, pasear por la orilla hasta que se abre el mar, saludar a las aves que se posan a tomar el sol y dejar el chubasquero colgado.

Dylan nos llevó a Seyðisfjörður y nos pareció tan encantador que nos quedamos tres noches. Es un pequeño pueblo pesquero que empieza donde acaba el mar, en el fiordo del mismo nombre. Los ríos bajan desde la cima de las montañas de tonos verdes, marrones y amarillos formando cientos de cascadas y se pierden en la parte baja entre casas de colores vivos y pasteles. Cosidas de senderos, estas laderas son muy agradables de caminar. Las personas que viven allí no llegan a ser 700, pero hay varios centros de arte, museos y monumentos, pues Seyðisfjörður tiene una importante relación con la cultura y la música. Thomas, un artista y profesor alemán que nos volvimos a encontrar cuando paseábamos cerca del puerto embarcando con su coche cargado de materiales en el ferry que conecta Islandia con Dinamarca, nos dijo que incluso merece la pena visitar la chatarrería del pueblo porque hasta allí se encuentra arte. Thomas viene cada año unos meses a Islandia para desarrollar y exponer sus obras de arte en madera y hielo. Pudimos ver una parte de su trabajo en Höfn y es realmente sorprendente lo que hace.

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Aceptando el fracaso en nuestro plan de ver renos, salimos de los fiordos y nos dirigimos al norte haciendo la primera parada en Dettifoss. Es una cascada alucinante, con una fuerza desmedida. Se encuentra en el Parque Natural de Jökulsárgljúfur y es la cascada más caudalosa de Europa. Se puede ver por ambos lados del río; a uno de ellos se accede por una carretera en buenas condiciones, nosotros por error llegamos hasta el otro lado por una pista llena de piedras, pero es el mejor lado! Y además se puede tocar el agua justo antes de precipitarse por Dettifoss.

Dettifoss

El lago Myvatn es uno de los más grandes de Islandia. Dormimos en la orilla y dimos una vuelta por los alrededores cercanos, pero nos gustaría volver a esta zona porque el tiempo no nos permitió hacer una excursión a los campos de lava y fumarolas de esta activa área volcánica. Lo llaman el lago de las moscas enanas, y lo que quiere decir eso es que hay una cantidad ingente de mosquitos mires donde mires: en la tienda de campaña, en el techo de las duchas, en la vajilla…

Buscando el buen tiempo pusimos rumbo a Akureyri, una de las ciudades más grandes de Islandia que para nosotros sigue siendo un pueblo (menos de 20000 habitantes). Antes de llegar, y lloviendo aún bastante, nos desviamos para visitar Godafoss, la cascada de los dioses, con mucha historia y un paisaje precioso. Llegamos a nuestro destino y pasamos allí la noche lluviosa y cuando nos levantamos ya hacía sol y la bufanda y el gorro sobraban. Akureyri está hecha de bonitas calles con decoración floral y cafés biblioteca muy acogedores, y en las zonas residenciales vimos casas de cuento y amplias zonas de césped verde intenso.

Godafoss

Compartimos el viaje dirección oeste con Erik y Oscar, dos islandeses que además de hablar muy bien inglés (como todos aquí) chapurreaban algo de español y de alemán. Por el camino de valles y ríos salmoneros, veíamos cómo se amontonaban las ovejas en las faldas de las montañas. Este país está plagado de simpáticas ovejas que doblan o triplican su tamaño por la gran cantidad de lana que lucen. Hay más ovejas que personas en Islandia. Nos explicaron durante el viaje hacia Hvammstangi que estamos en la época en la que se recolectan de las montañas para llevarlas a las granjas, y nos invitaron a snacks típicos.

Paramos en Hvammstangi porque había sido un día largo como para seguir avanzando en la ruta y con la esperanza de avistar focas. Por la mañana, a pesar del mal tiempo, y esta vez malo de verdad, bajamos al centro turístico a preguntar. Recibimos la respuesta que esperábamos: con este temporal la posibilidad de que las focas estén nadando tranquilamente por la costa son muy bajas. Volver al camping en la parte alta del pueblo desde allí fue una hazaña, pero desde que llegamos nos lo hemos tomado como un día de invierno en casa con series, juegos, conversaciones y té caliente.

Terminando de escribir esto ya no llueve, los árboles vuelven a ser casi verticales y el sol parece estar a punto de reunir las fuerzas suficientes para romper la barrera de nubes. Tenemos tanta confianza en la web de meteorología que ya lo tenemos todo preparado para salir.

Mandadnos mucho sol y calor, que nos hemos enterado de que por ahí sobra!

:*

 

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