Autostop. Nuestra primera vez

Habíamos leído y escuchado de todo acerca del autostop, principalmente relacionado con Islandia, y todo era positivo. Lo hablamos y lo pensamos. Bueno, sin pasarse de pensar. Lo que pasó es que la idea resolvió dos cuestiones básicas que nos habíamos planteado para este viaje: que la gente local participara en nuestros planes y minimizar gastos. Un día decidimos comprar nuestros vuelos a Reykjavik y desde ese momento no se habló mucho más del tema; dimos por hecho que intentaríamos recorrer la isla de coche en coche. Cuando nos preguntaban sobre los planes lo mencionábamos, pero sin demasiada consciencia.

Para los que lo hayáis probado ya quizás os saca una sonrisa leer todas estas preocupaciones por pareceros ridículas, pero de lo que queremos hablar aquí es de prejuicios. En este sentido hemos aprendido mucho, o empezado a ser más conscientes, en estos 21 días de viaje por Islandia.


Al bajar del avión en el aeropuerto de Keflavik, y después de recoger de la cinta nuestras voluminosas mochilas, nos quedamos allí a descansar un rato. Era la una de la madrugada hora local y no habíamos hablado sobre qué hacer hasta poco antes de aterrizar, que sugerimos quedarnos en la sala de espera unas horas hasta que el día empezara a moverse. Cuando se abrieron las puertas correderas y entró el viento helado de la calle, apostamos definitivamente por ver la noche desde los grandes ventanales. En ese aeropuerto los sacos de dormir se amontonan como si fueran un campo de setas de colores, lo que nos animó a ponernos cómodos. Aunque los que allí duermen se instalan en cualquier espacio en el que detrás de la cabeza se toque una pared, columna o elemento rígido, no exageramos al decir que tuvimos que dar varias vueltas para encontrar un hueco. Lo mejor que encontramos incluía una larga fila de carros a medio metro.

Una de las primeras voces islandesas que escuchamos con claridad fue la de una señora que a las cinco de la madrugada, apenas dos horas después de habernos estirado, informaba de que ya era hora de recoger el campo de setas. Lo hicimos y nos sentamos a tomar un té y mirar los buses al centro de Reykjavik yo qué sé por qué. Aunque no haya ningún código escrito sobre el autostop parece que pensamos que del aeropuerto a la ciudad no se hace, que es para distancias largas, que nunca hemos visto a nadie haciendo dedo en un aeropuerto… No podemos asegurar que eso fue lo que pensamos porque este tipo de pensamientos forman parte del subconsciente, de lo aprendido sin querer y sin esfuerzo, pero el caso es que íbamos a comprobar los autobuses.

No llegamos a hacerlo, solo nos miramos diciendo: “Qué autobuses! Hemos venido a hacer autostop!

Así fue como nos preparamos con los chubasqueros, pues llovía levemente, y salimos de la terminal a buscar la carretera por la que pasan los coches que se dirigen a la ciudad. Encontramos el cruce en el que una de las salidas estaba marcada con un cartel que dice Reykjavik, así que lo pasamos y decidimos quedarnos allí.

La verdad es que nos sentíamos bastante seguros y decididos, aunque hay que reconocer que en el fondo notamos la timidez de la primera vez, la vergüenza del que siente que está pidiendo un favor y el sentimiento de que todos te miran por ello. Creo que no teníamos ningún prejuicio hacia las personas que pudieran parar para llevarnos. Nos era indiferente la edad, el sexo, la religión, la nacionalidad o la forma de vestir, totalmente indiferente. Más bien sentimos de forma inconsciente prejuicios hacia nosotros mismos, hacia lo que pensaría la gente al vernos ahí.

Esto pasó más o menos después de que pasara el tercer coche sin pararse. Era muy temprano y el tráfico del aeropuerto a la ciudad era escaso. A los diez minutos de estar ahí, solo algunos coches después, ya podíamos leer en nuestras miradas lo que estábamos pensando: “¿Se va a parar alguien?” “Quizás tenemos que cambiar de plan…”

Justo entonces llegó Ólöf, una mujer de Reykjavik que había ido a llevar a su hija piloto a trabajar. Su coche era muy pequeño, quizás el más pequeño de los veintitrés en los que subimos durante la vuelta a Islandia. Fue difícil meternos los tres con nuestras dos mochilas porque además el maletero estaba lleno de cometas de colores que Ólöf había usado como espectadora durante un maratón para que pudieran reconocerla. Tardamos menos de 5 minutos en sentirnos cómodos a pesar del espacio y durante los siguientes tres cuartos de hora hablamos sin parar con ella. Esa mañana de cielo gris estuvimos entre 15 y 20 minutos en la carretera; fue una de nuestras esperas más largas en tres semanas de viaje en autostop.

Tras haber subido al minicoche de Ólöf experimentamos un cambio de sentimientos y notamos cómo aumentaba la seguridad, la alegría y las ganas. Nos despedimos de ella. En el siguiente punto, después de tres minutos vino Kumme para llevarnos al siguiente. Después Austa, Elin, Fabio y Mariana, David y treinta personas más. Cada uno de ellos muy diferente al otro, entre todos nos transmitieron confianza y mejoraron nuestros días convirtiendo nuestra primera vez en la mejor primera vez. Aprendimos que no se trata de pedir favores, si no de compartir. Nos mostraron que no estaban ahí para regalarnos nada, si no para disfrutar de nuestra compañía e intercambiar conversaciones. Hemos disfrutado esta forma de moverse por el mundo y hemos abierto un poco más nuestra mente.

El mundo está lleno de gente buena y agradable, es un placer salir y cruzarse con ella 🙂

 

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